Blog

SOBRECARGA EMOCIONAL

Publicado el

…Sobrecarga emocional

La resiliencia se refiere a la capacidad de hacer frente, adaptarse y recuperarse de situaciones adversas, estresantes o traumáticas.

Esta puede manifestarse de diversas maneras en diferentes personas y, por ello, no todas las personas resilientes se ven igual.

Así, es posible una combinación de características y comportamientos que, en ocasiones, evidencian el lado oscuro de la resiliencia.

La resiliencia permite ver a las personas como fuertes y capaces; esto conlleva a que se les confíen responsabilidades y cargas emocionales adicionales.

Dejemos de romantizar la resiliencia: No eres más fuerte por aguantar más

“Son las cosas rígidas las que se rompen; las cosas flexibles no se rompen.

Hoy he tenido esta revelación y me pregunto por qué me ha costado tanto tiempo darme cuenta.

Puedes desperdiciar muchos años de tu vida intentando convertirte en algo tan fuerte que no se rompa, pero son las cosas flexibles las que no se rompen.

Las cosas rígidas son las que se hacen añicos”.

– C. JoyBell C.

A veces no queda más remedio que ser fuerte. Pero a veces acabamos soportando lo intolerable, desgastándonos por dentro sin más razón que ese mandamiento de aguantar estoicamente contra viento y marea.

Resiliencia tóxica

“Sé fuerte”, decían nuestros padres.

“Sé resiliente”, decimos nosotros.

Las palabras han cambiado, pero la esencia del mensaje es la misma: hay que aguantar.

Y claro que a veces no queda más remedio que ser fuerte.

Pero a veces acabamos soportando lo intolerable, desgastándonos por dentro sin más razón que ese mandamiento de aguantar estoicamente contra viento y marea.

La resiliencia, un concepto poderoso mal entendido

La resiliencia está en boca de todos. El concepto ha saltado de la Psicología a la cultura popular convirtiéndose en una especie de alfa y omega, un “superpoder” útil para soportar los embates de una vida que se nos antoja cada vez más caprichosa y caótica.

Sin embargo, cuando nos imbuimos acríticamente de manera irreflexiva en una cultura que idolatra la resistencia y celebra al que “sigue adelante” a pesar de todo, una cultura que piensa que quien carga la mochila más pesada y nunca se queja es el más fuerte, tenemos un problema a la vista. Y no es precisamente pequeño.

Porque la verdadera fortaleza no radica en soportar lo insoportable, sino en tener el coraje de decir “basta” y cambiar lo que tiene que ser cambiado o simplemente alejarse de lo que nos daña.

Aguantar ≠ Fortalecer

La resiliencia es el proceso dinámico de adaptarse en medio de la adversidad.

Implica, por una parte, que debemos exponernos a una situación particularmente difícil y, por otra, que tenemos la capacidad de alcanzar resultados positivos a pesar de las circunstancias o incluso gracias a ellas.

Sin embargo, cada vez más estudios critican la tendencia a ver la resiliencia como una especie de invulnerabilidad silenciosa, ignorando que muchas personas simplemente sobreviven sin estar bien o que no logran salir fortalecidas de esa experiencia dolorosa.

O sea, resiliencia no es “rebotar” y “seguir adelante” o pensar que somos fuertes porque aguantamos sin decir nada.

Cuando asumimos que resistir es sinónimo de fortaleza, es más probable que soportemos situaciones que no deberíamos aguantar y que resistamos sin límites, como si acumular cicatrices nos hiciera merecedores de algún tipo de medalla emocional.

Hay situaciones que no deberían ser toleradas.

En esos casos, soportar lo insoportable puede convertirse en un acto de pasividad encubierta.

Nos va arrebatando nuestra autoeficacia y, lejos de volvernos más fuertes, nos instala en un estado de indefensión aprendida que succiona nuestra energía vital.

Entonces la resiliencia se vuelve tóxica.

Acumular cicatrices no te hace un héroe, te convierte en un saco de boxeo

En el imaginario popular existe una visión heroica y romantizada de las heridas, que se equiparan con muestras de fortaleza.

Sin embargo, esa narrativa a menudo pasa por alto un detalle crucial: la repetición del daño no siempre nos vuelve más resilientes, a veces solo nos traumatiza y nos deja más vulnerables o nos empuja a replegarnos en nosotros mismos, convirtiéndonos en personas cínicas, desconfiadas o amargadas.

Cada vez que ignoramos una señal que nos indica que algo no está bien, permitimos que el problema se perpetúe.

Y esa acumulación de cicatrices no es un trofeo de resistencia, sino más bien la señal de que estamos llevando demasiado peso sin darnos un respiro o de que es hora de poner límites.

Al romantizar la resiliencia (ya sean todas esas noches sin dormir o el peso que cargamos solos), en realidad estamos glorificando un desequilibrio.

Y eso puede hacer que otros (o nosotros mismos) pensemos que “aguantar” sin quejarse es lo correcto.

Pero no es así. O al menos no siempre.

La resistencia emocional sin descanso no es una virtud, es un mero mecanismo de supervivencia que acaba erosionando nuestra salud mental.

De hecho, las investigaciones han comprobado que la resiliencia tóxica cronifica la postura de “aguantar”, lo cual acaba deteriorando la percepción de control y el sentido vital y nos vuelve más propensos al burnout emocional.

Una nueva narrativa para la resiliencia: elegir hasta cuándo y cómo aguantar

Imaginemos por un segundo que la narrativa de la resiliencia no se enfoque solo en aguantar sino en elegir.

Que deje de ser un trofeo de cicatrices y se convierta en un acto de coherencia con nosotros mismos.

Desde esa perspectiva, no es más resiliente quien más soporta, sino quien más se escucha, decide y actúa.

No es más resiliente quien cae más veces, sino el que más veces decide levantarse y toma medidas para no tropezar dos veces con la misma piedra.

La clave radica en transformar la narrativa de la resiliencia tóxica que equipara la fuerza con aguantar en una resiliencia realmente empoderadora que nos dé la fuerza para decidir y actuar en consecuencia.

1. Reconoce cuando has aguantado demasiado

Hazte la pregunta: ¿estoy soportando porque realmente no tengo otra opción o porque me enseñaron que hay que aguantar?

 Spoiler: a menudo seguimos resistiendo por simple inercia emocional, por miedo a decepcionar o por no admitir que algo nos duele más de lo que debería.

Detectar ese punto de saturación no es rendirse, es empezar a recuperar el control. Cuando lo reconoces, dejas de ser víctima y puedes elegir conscientemente cómo seguir adelante.

2. Distingue la diferencia entre adaptarse y resignarse

Adaptarse implica flexibilidad y movimiento.

Resignarse es inmovilidad disfrazada de paciencia.

La diferencia está en sus efectos porque uno transforma y el otro apaga. La verdadera resiliencia es un proceso dinámico de interacción entre la persona y su entorno, no un simple “aguantar sin quejarse”.

Por eso, ser resiliente no es soportar lo injusto, sino buscar nuevas formas de vivirlo o intentar dejarlo atrás.

3. Da un paso, aunque sea pequeño

No basta con mentalizarnos con que algo tiene que cambiar: tenemos que atrevernos a dar un paso, aunque sea pequeño.

Decir “basta” no es un fracaso, es una forma de autocuidado. De hecho, esa decisión puede requerir más coraje que todo el esfuerzo previo por resistir.

Podría tratarse de poner fin a una relación que nos está drenando, pedir ayuda profesional, modificar un hábito o simplemente dejar de decir “sí” cuando queremos decir “no”.

Cada acción interrumpe el ciclo de la resistencia pasiva. No te propongas «aguantar solo un poco más» cuando ya has soportado bastante, el alivio comienza con el movimiento, no necesariamente cuando todo se soluciona.

En definitiva, deberíamos dejar de romantizar al que se queda cuando todo lo empuja a irse y empezar a celebrar al que decide cambiar, al que se respeta, al que se levanta o se retira con dignidad.

Porque la verdadera fortaleza no está en resistir más lo que venga, sino en reconocer que incluso la resistencia tiene un límite.

 Y tú, que lo estás sintiendo, que lo estás reconociendo y que tal vez estás pensando en decir “basta”, debes saber que eso también es fuerza y valentía. Y mereces que se reconozca.

El mito del escudo emocional: Creer que nadie puede dañarte sin tu consentimiento

A pesar de sus buenas intenciones y su matiz aparentemente “empoderador”, lo cierto es que esas frases esconden una trampa: la idea de que todo lo que sentimos es exclusivamente nuestra responsabilidad.

Y eso, además de falso, puede ser psicológicamente devastador.

El mito del escudo emocional: Creer que nadie puede dañarte sin tu consentimiento

Nadie puede dañarte sin tu consentimiento

“Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento”, dijo Eleanor Roosevelt – o al menos suelen atribuírsele dichas palabras. Aunque en la era de las redes sociales y las frases instagrameables se han desdoblado en mil versiones que repetimos como si fueran un escudo emocional o una especie de fórmula mágica contra la ofensa y la herida: “no le des a nadie el poder de hacerte sentir mal” o “no permitas que nadie te dañe”.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones y su matiz aparentemente “empoderador”, lo cierto es que esas frases esconden una trampa: la idea de que todo lo que sentimos es exclusivamente nuestra responsabilidad.

Y eso, además de falso, puede ser psicológicamente devastador.

La ilusión de la invulnerabilidad y el mito del consentimiento emocional

Vivimos en una sociedad que sigue interpretando la vulnerabilidad como una debilidad y las emociones negativas como errores de gestión interna.

Bajo esta lógica, todo malestar se convierte en una elección. Es como si nos dijeran: “si te afecta, es porque quieres o porque lo permites”.

Sin embargo, esa idea es problemática porque, por una parte, libera al “agresor” de su responsabilidad y, por otra, carga al herido con una culpa añadida: no solo te dañaron, sino que, además, dejaste que lo hicieran.

Como resultado, muchas personas ni siquiera son capaces de validar su dolor.

Cuando se sienten mal por cosas perfectamente comprensibles, como un abandono, una pérdida o una traición, piensan: “no debería afectarme tanto” o “soy demasiado sensible”.

Así caen en un proceso de autoinvalidación, que implica deslegitimar las propias emociones, convenciéndose de que no deberían existir.

Quien se repite que “nadie puede hacerme sentir mal sin mi consentimiento” corre el riesgo de desconectarse de su dolor, no escucharlo y no pedir ayuda.

Y lo que no se siente, no sana.

De esa forma nace una forma silenciosa de autorreproche e inculpación.

No solo tenemos que cargar con el dolor de la herida, sino además con la sensación de culpa por habernos permitido ser frágiles y vulnerables – o simplemente por haber amado o habernos entregado.

Por supuesto, la idea de que nadie puede dañarnos o hacernos sentir inferior sin nuestro consentimiento genera la sensación de control, nos hace pensar que estamos al mando y que somos invulnerables.

Nacida de una cultura que idolatra la autosuficiencia, promete que, si somos lo bastante fuertes, nada podrá afectarnos y que el dolor solo entrará si dejamos la puerta abierta.

Pero la vida no funciona así. No vivimos dentro de una burbuja blindada.

Somos humanos, tenemos emociones, albergamos expectativas, entablamos relaciones y creamos vínculos, por lo que estamos continuamente expuestos a que los demás nos puedan lastimar.

Nos afectan los gestos, las palabras y los silencios. No somos islas aisladas sino personas permeables.

Aceptar que las heridas forman parte de la vida

El trauma, la humillación o el rechazo no piden permiso.

No hay un contrato previo ni una cláusula de aceptación.

De hecho, una parte del sufrimiento emocional proviene precisamente de su imprevisibilidad.

Nadie quiere que un amigo lo traicione cuando más lo necesita, que un superior lo ridiculice o que lo ignore la persona a quien ama.

Sin embargo, pretender escapar de las heridas del desamor, la pérdida, la humillación o la indiferencia es una quimera.

No hay inmunidad posible sin aislamiento. Pero aislarse es una forma de anestesiarnos que acaba empobreciendo la vida.

Una alternativa más honesta a esa frase sería: “no puedo evitar que me hieran, pero puedo aprender a curarme”.

Aceptar que los demás pueden dañarnos no nos hace débiles, nos hace humanos. La exposición emocional es el precio a pagar por la conexión.

Cada relación, ya sea de pareja, de amistad o laboral, entraña la posibilidad de ser herido de mil formas diferentes, algunas de las cuales incluso escapan de nuestro control, como la muerte de un ser querido.

Una alternativa más realista: aprender a absorber el golpe

En lugar de repetir mantras imposibles, podemos adoptar una visión más práctica: el daño es inevitable, pero manejable.

El objetivo no es blindarse, sino aprender a amortiguar su impacto. La madurez psicológica consiste precisamente en ser conscientes de que cada vínculo conlleva cierta dosis de vulnerabilidad: comprender que podría doler, pero que tenemos la capacidad de recomponernos. ¿Cómo lograrlo?

Distinguir entre control y responsabilidad.

No podemos controlar lo que dicen o hacen los demás, pero somos responsables de cómo nos cuidamos. No es lo mismo repetirnos: “no voy a dejar que nada me afecte” que saber qué hacer cuando algo nos afecte, podremos lidiar con ello.

Practicar la autocompasión. En vez de recriminarte, trátate como tratarías a un amigo herido.

No se trata de perdonar todo ni de justificar lo injustificable, sino de acompañarnos con cariño y bondad mientras atravesamos ese momento difícil.

Transformar la herida en autoconocimiento. El sufrimiento no siempre culmina con una epifanía existencial.

Sin embargo, podemos evitar que nos defina.

Podemos aprender de lo ocurrido y resignificarlo para impedir que el dolor nos destruya por dentro.

Quizá ha llegado el momento de abrazar nuestra vulnerabilidad y mirar la vida de frente, asumiendo que no todo irá como nos gustaría y que no es culpa nuestra.

Asumiendo que muchas cosas escapan de nuestro control y que podemos salir heridos y mal parados, pero siendo conscientes de que la vida va precisamente de reconstruirse cada día, no de encerrarse en una burbuja por miedo a vivir.

Aprende a reconocer tus límites

Reconoce cuándo es necesario buscar ayuda profesional, como terapia o asesoramiento, para abordar situaciones difíciles o superar traumas pasados.

Un profesional aporta herramientas y el respaldo adicional para manejar mejor las dificultades.

La resiliencia es distinta para cada persona

La resiliencia puede manifestarse de diversas maneras en diferentes personas.

Y no todas las personas resilientes se verán igual.

Cada individuo tiene su propia combinación única de características y comportamientos resilientes.

La resiliencia saludable implica un equilibrio entre la capacidad de hacer frente y adaptarse y el cuidado de tu bienestar emocional y mental.

Escucha tus necesidades, sé amable contigo y busca el apoyo adecuado cuando te haga falta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *