…Me siento desilusionado
«Me siento desilusionado, con las ganas apagadas, con las esperanzas desvanecidas y sin el aliento de la motivación».
La mayoría de nosotros, en algún momento de nuestra existencia, sentimos este vacío perturbador en el que nuestras expectativas se han derrumbado ante la dura realidad.
Es entonces cuando asoma esa forma de tristeza que todo lo distorsiona y lo difumina.
Las desilusiones continuadas erosionan el ánimo, las experiencias y hasta la motivación del día a día.
Pocas realidades psicológicas son más complicadas de manejar y afrontar. ¿Qué deberíamos hacer en estos casos?
Decía el poeta y dramaturgo William Butler Yeats que la vida es una larga preparación para algo que, en buena parte de las veces, nunca ocurre.
De algún modo, esta idea encierra una evidente verdad. En ocasiones, albergamos propósitos, metas e idealismos que jamás llegan a sucederse.
Y esa distancia entre lo soñado y lo logrado acumula toda una sucesión de frustraciones.
Más allá de lo que podamos pensar, esta no deja de ser una emoción compleja y preocupante que en caso de no manejar, entender y atemperar puede abrir la puerta a realidades psicológicas más complejas.
La ansiedad y la propia depresión, por ejemplo, se alimentan en muchos casos de desilusiones continuadas y esa indefensión existencial que ocasiona.
¿Por qué últimamente me siento desilusionado?
Dicen que cuando alimentas muchas expectativas debes prepararte para unas cuantas desilusiones.
Sin embargo ¿es esto lo habitual? ¿quiere decir quizá que no es bueno situar en nuestro horizonte personal más de un deseo, meta, anhelo y expectativa?
En realidad, el ser humano perdería su esencia si dejáramos de encender sueños y metas a corto plazo.
Es lo que siempre hemos hecho y lo que siempre haremos.
Sin embargo, hay una regla implícita que nos recuerda que es bueno aprender a lidiar mejor con esa brecha siempre presente entre la expectativa y lo que más tarde nos traiga el destino.
Puede, por ejemplo, que ese flirteo que has empezado en una aplicación de búsqueda de pareja fuera muy bien y al poco de los días, haya terminado en un ghosting.
Hacer ghosting consiste en cortar abruptamente toda comunicación con alguien (citas o amistades) sin dar explicaciones, ignorando mensajes y llamadas. Aunque se usa para evitar confrontaciones, genera dolor, incertidumbre y ansiedad en la otra persona. Generalmente refleja falta de responsabilidad afectiva y madurez
Es posible también que tu última entrevista de trabajo fuera fenomenal y a pesar de ello, la llamada esperada nunca ha ocurrido.
Sabemos que estas situaciones con desenlace poco propicio suceden más de una vez en la vida.
Sin embargo, hay momentos en que dichas expectativas fallidas se procesan de peor manera.
Son como pérdidas que, de pronto, nos dejan desprovistos de recursos de afrontamiento. ¿A qué se debe? ¿Por qué hay quien maneja mucho mejor estas situaciones?
La desilusión está “hecha” de tristeza y arrepentimiento, dos emociones complejas
Cuando me siento desilusionado experimento decaimiento, apatía, frustración y una ausencia absoluta de motivación.
¿Te suena esta realidad psicológica?
Si sentimos ese conglomerado de sensaciones se debe básicamente, a que la desilusión encierra en su interior dos de las emociones más difíciles de gestionar: la tristeza y el arrepentimiento.
Estudios como los realizados en la Universidad de Tilburg (Países Bajos) nos revela algo importante.
Cuando experimentamos una decepción solemos mirar en retrospectiva esa experiencia.
Es entonces cuando surgen las preguntas: ¿por qué confié en esa persona? ¿por qué tomé esa decisión si no había nada seguro?…
Esa reflexión interna despierta al segundo el arrepentimiento.
Tras el arrepentimiento, se adhiere la bruma de la tristeza que todo lo envuelve.
Esto hace sin duda, que dicha vivencia sea más enrevesada de lo que pensamos, porque en ella confluyen múltiples sentimientos.
Me siento desilusionado desde hace mucho: la concatenación de pérdidas
Cuando me siento desilusionado lo que experimento en realidad es un sentimiento de pérdida.
Lo que anhelaba no ha sucedido. Aquello que daba por sentado ya no está.
La persona a la que apreciaba ya no goza de mi confianza.
Todas esas carencias dejan una impronta de sufrimiento severo cuando acumulamos un exceso de decepciones y desilusiones.
Dicha concatenación es lo que nos puede abocar en muchos casos, a derivar en una depresión.
¿Pueden las decepciones llevarnos a un trastorno del estado del ánimo?
Sabemos que desilusión y depresión no son lo mismo.
Sin embargo ¿puede la primera conducirnos a la segunda?
En situaciones puntuales, sí. ¿Y cuáles son esas experiencias? Trabajos de investigación como los realizados en la Universidad de Yale nos aportan una información relevante sobre el tema:
Las desilusiones persistentes que abocan a la persona a un estado de desesperanza sí pueden conducirles a un trastorno depresivo.
El origen de esta realidad estaría según estos expertos, en una región cerebral muy concreta: la habénula.
Se trata de una estructura relacionada con la glándula pineal y de tamaño muy pequeño.
La habénula lateral recibe impulsos de los ganglios basales y el sistema límbico y a su vez, tiene conexiones con las neuronas dopaminérgicas y serotoninérgicas.
Se ha podido ver que cuando una persona pierde la esperanza tras varias experiencias adversas y decepcionantes, la habénula deja de interaccionar con esas neuronas vinculadas con la motivación.
Es entonces cuando el estado de ánimo se altera.
Desilusión y depresión: la mente negativa que todo lo altera
En 1916, Sigmund Freud escribió un ensayo titulado Some Character-Types Met with in Psycho-Analytic Work En él, nos hablaba de algo muy interesante.
Hay personas que incluso alcanzando el éxito se decepcionan. Hay quien a pesar de tenerlo todo a su favor caen en una desilusión tras otra.
El padre del psicoanálisis sugirió que podrían ser perfiles claramente neuróticos.
En la actualidad, sabemos que la depresión se puede instalar de manera silenciosa en nosotros alterando por completo la manera de ver y procesar la información que nos llega a través de los sentidos.
En estos estados, la mente solo ve problemas. Cualquier evento positivo se vislumbra con desconfianza.
La realidad se vuelve decepcionante, el presente se llena de incertidumbre y el futuro de desesperanzas.
Por tanto, si bien es cierto que desilusión y depresión son dos entidades diferentes, en ocasiones cohabitan juntas.
No obstante, cuando esto ocurre, hay muchas más variables presentes aparte de las decepciones.
Muchas personas creen que están agotadas por todo lo que han vivido, por las responsabilidades, las pérdidas, las exigencias constantes de la vida. Y sí, parte del cansancio viene de ahí.
Pero existe otro agotamiento más profundo, más antiguo y más difícil de reconocer: el de haber vivido demasiado tiempo en estado de supervivencia emocional.
Hay quienes nunca aprendieron a relajarse realmente.
Desde muy temprano desarrollaron una atención constante hacia el entorno, una vigilancia silenciosa que se volvió parte de su identidad.
Siempre atentos a los cambios de humor de otros, a las tensiones invisibles, a las expectativas ajenas, a la posibilidad de conflicto, rechazo o abandono.
El cuerpo siguió creciendo, los años avanzaron, pero el sistema interno nunca salió del modo alerta.
Y lo más complejo es que, con el tiempo, esa tensión deja de sentirse extraña. Se vuelve normal. La ansiedad se confunde con responsabilidad.
La hipervigilancia se interpreta como madurez. El agotamiento permanente se convierte en estilo de vida.
Entonces, cuando finalmente aparece la posibilidad de descansar, de bajar la guardia, de habitar un espacio más tranquilo… algo dentro de ti se inquieta.
Porque el silencio emocional ya no se siente seguro. Se siente desconocido.
Desde lo profundo de la psique, esto ocurre cuando el yo se organiza alrededor de la supervivencia y no alrededor de la vida.
Toda la energía psíquica queda destinada a prevenir el dolor, anticipar amenazas y sostener estructuras internas frágiles.
Pero el alma no fue creada únicamente para resistir.
También necesita expansión, juego, deseo, presencia, calma verdadera.
El síntoma no es sólo el cansancio físico.
Es la incapacidad de sentir descanso incluso cuando no hay peligro.
Es esa sensación de que siempre deberías estar haciendo algo, resolviendo algo o preparándote para algo.
Como si detenerte por completo fuera irresponsable o incluso amenazante.
Individuarse implica algo profundamente desafiante: aprender que ya no necesitas sobrevivir a cada instante de tu vida.
Significa permitir que el cuerpo deje de defenderse de peligros que ya no están, y aceptar que descansar no te vuelve débil, descuidado ni vulnerable. Te vuelve humano.
Porque tal vez el verdadero miedo no es empezar otra vez.
Tal vez el verdadero miedo es descubrir cuánto tiempo llevas viviendo sin sentirte realmente a salvo.
Si hay algo que abunda en exceso son los supuestos amigos del alma.
De esos que nos prometen apoyo incondicional, de los que dicen darlo todo por nosotros.
Sin embargo, cuando más le necesitamos no están y es más, hacen leña del árbol caído para su beneficio
El amigo del alma en este caso es un amigo sombra, un prófugo que, en realidad, nunca experimentó ni afecto, ni cariño ni complicidad.
El supuesto amigo que nunca se alegró de tus logros o de tu felicidad, aunque tú no te dabas cuenta
Lo único que sentía en silencio era envidia.
¿Cómo lidiar con las desilusiones?
La desilusión no deja de ser una forma profunda de tristeza satinada con una capa de arrepentimiento.
Así, un aspecto llamativo de esta realidad es que a menudo, las personas suelen hacer todo lo posible para evitar reconocer esos sentimientos.
Nos hemos acostumbrado a aparentar que estamos bien y para ello, llegamos a distorsionar nuestros pensamientos autoconvenciéndonos de que «es mejor no pensar en lo sucedido y pasar página».
Es como quien tiene una herida abierta en el brazo y se pone cada día una camisa intentando no mirar esa lesión.
Al final, aparece la infección y el dolor se intensifica.
¿Qué debo hacer si me siento desilusionado? Estas son algunas estrategias en las que reflexionar.
Claves para manejar mejor la desilusión
El primer paso es entender que la desilusión existe en nuestro registro emocional por una finalidad muy concreta.
Busca hacernos ver y entender que aquello que teníamos, dábamos por sentado o que queríamos, no va a poder ser.
Por tanto, girar el rostro y esquivar esa realidad interna supone agravar aún más su presencia.
Una forma de canalizar la desilusión es mediante el enfado asertivo y catártico. es decir, purificación, liberación emocional o alivio profundo de tensiones
Tienes pleno derecho a sentir rabia, frustración y enfado.
Más tarde, y tras haber transitado y liberado esas emociones de valencia negativa, debes dar paso a la aceptación.
Aceptar lo que no puede ser y lo que no se puede cambiar, es sin duda el paso más decisivo de todos.
La desilusión suele ser el resultado directo de tus expectativas que no se alinean con la realidad, actuando como un puente entre lo que imaginaste y lo que sucedió.
Cuando la realidad no cumple con tu «ideal» o fantasía, surge la decepción, que puede revelar tus propias carencias o necesidades de afecto.
Aquí te presento algunos puntos clave para reflexionar, basados en información de:
¿Expectativa o Realidad?:
La decepción ocurre cuando tus creencias sobre cómo «debería» ser una persona o situación se quiebran al enfrentarse a la realidad.
Las expectativas son internas: Aunque culpes a otros, la expectativa es tuya, basada en suposiciones, deseos o patrones de dependencia externa. Porque no todo el mundo es como tu piensas que debería ser o como tu actuarías.
Gestión de la desilusión: Acepta la realidad: Reconoce la situación tal cual es ahora, no como querías que fuera.
Recalibra: Ajusta tus expectativas para que sean más realistas y flexibles.
Comunica: Expresa tus necesidades claramente en lugar de esperar que los demás las adivinen.
Aprende: Considera la desilusión como una experiencia de aprendizaje en lugar de un fracaso total.
Por lo general, todo evento que quiebra nuestras expectativas nos obliga a realizar un esfuerzo cognitivo y emocional para aceptarlo, darle un sentido y superarlo.
Vivir, a fin de cuentas, es saber afrontar y reajustar nuestros planes. De eso se trata.
Las desilusiones y decepciones nos alejan muy a menudo de lugares equivocados.
Filtrar cada experiencia de manera lógica, centrada y objetiva nos permitirá dejar de alimentar la tristeza y el arrepentimiento.
Solo entonces miraremos al mañana de manera ajustada, situando en el horizonte nuevas expectativas.
Eso sí, asumiendo a su vez que la vida no es perfecta, ni aún menos justa.
A pesar de ello, en buena parte de las veces, nos regala cosas extraordinarias…
Henry David Thoreau dijo:
“Si estamos tranquilos y preparados, deberíamos poder encontrar una compensación en cada desilusión”.
El tamaño de tu éxito se mide por la fuerza de tu deseo; el tamaño de tu sueño; y cómo manejas la desilusión en el camino. (Robert Kiyosaki)
Las decepciones no están destinadas a destruirte; están destinadas a fortalecerte. (Anónimo)
Cuando aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones. Esta célebre frase proviene del libro «[El caballero de la armadura oxidada]» de Robert Fisher.
Es una lección sobre madurez emocional que enseña a reducir la frustración y las decepciones al dejar de imponer expectativas sobre las personas y las situaciones, optando en su lugar por aceptar la realidad con empatía y sin juzgar.
Puntos clave de la cita:
- Aceptar frente a Esperar: Los animales aceptan (el presente tal cual es), mientras que los humanos esperan (que las cosas sean como queremos).
- Menos Decepciones: Al eliminar las expectativas rígidas sobre cómo deberían actuar los demás, la frustración desaparece.
- Empatía y Realidad: La verdadera paz llega cuando se deja de querer cambiar a los demás y se les ve tal como son.
- El libro, un clásico de la literatura motivacional, narra la búsqueda del caballero por librarse de una armadura que le impide disfrutar de la vida, siendo esta frase un momento clave de su aprendizaje
El caballero de la armadura oxidada
