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¿Cómo saber si necesito terapia psicológica?

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¿Cómo saber si necesito terapia psicológica?

La terapia te ayuda a recuperar tu equilibrio antes de que el agotamiento te supere.

Si notas que te cuesta dormir o que tus relaciones se están deteriorando, puede ser buen momento para buscar apoyo.

De seguro has pasado épocas de mucho estrés en las que pensaste que “ya se pasará solo”.

Sin embargo, a veces ese nudo en el estómago o esa falta de ganas interfieren en tu rutina y pesan demasiado.

Buscar ayuda psicológica es una decisión tan normal como ir al médico cuando te duele la espalda.

No necesitas estar en una situación límite para acudir a una consulta. De hecho, la psicología también es eficaz como una herramienta de prevención.

Aquí tienes algunas señales que indican que puede ser momento de dejar de cargarlo todo tú solo y empezar a trabajar con un profesional.

6 señales para ir a terapia

1. Tu rutina se vuelve una carga insoportable

La señal más clara es cuando el malestar interfiere con tu capacidad para funcionar.

Si antes hacías tareas con soltura y ahora te parecen algunas imposibles, tu mente te está enviando un aviso.

En el trabajo o en tus estudios, puedes notar que te cuesta concentrarte o que cualquier imprevisto te bloquea.

En el hogar, es posible que las tareas domésticas te agoten y sientas que no tienes energía para cumplir con tus obligaciones básicas.

Otro indicio es evitar llamadas o planes porque interactuar con otros supone un gran esfuerzo.

2. El malestar dura más de dos semanas

Es normal tener un par de días malos, pero la persistencia es un indicio de algo más.

Si la tristeza o la irritabilidad dominan la mayor parte de tu tiempo durante más de quince días, es posible que necesites apoyo.

Un psicólogo puede ayudarte a procesar lo que sientes para que ese estado de ánimo no se convierta en tu nueva forma de vivir, devolviéndote la perspectiva que el agotamiento te ha quitado.

3. Tu cuerpo envía señales físicas claras

Tu salud mental y física están conectadas. Cuando la mente no puede procesar el malestar, el cuerpo suele manifestarlo.

Tensión muscular: sientes dolores de cabeza frecuentes o presión en el pecho sin una causa física clara.

Cambios en el apetito: comes por ansiedad o, por el contrario, has perdido el interés por la comida de forma repentina.

Problemas de sueño: te cuesta dormir, te despiertas varias veces por la noche o sientes que necesitas dormir a todas horas y no descansas.

4. Has dejado de disfrutar de lo que te gusta

Si las actividades que antes te apasionaban ahora te dejan indiferente, es una señal de alerta.

Cuando tu mente dedica toda su energía a lidiar con un problema interno o con el estrés, se queda sin recursos para el placer.

Recuperar la capacidad de ilusión y el disfrute es uno de los objetivos principales de la terapia.

Más allá de ayudarte a sentirte mejor, es una forma de volver a conectar con las cosas que le dan sentido a tu vida.

5. Tus relaciones se están desgastando

Tu estado interno se refleja en cómo tratas a los demás.

Si notas que las interacciones con tu pareja, tus familiares o tus amigos son conflictivas o desinteresadas, conviene revisar qué está pasando dentro de ti.

A veces, puedes proyectar tu frustración en las personas que más quieres.

En esos casos, la terapia ayuda a mejorar tus habilidades de comunicación y a poner límites sanos, evitando que el malestar rompa tus vínculos.

6. Tus estrategias habituales ya no funcionan

Todos tenemos formas de manejar el estrés, como salir a caminar o hablar con un amigo. El problema surge cuando esas herramientas ya no generan el mismo efecto.

Si sientes que ya nada de lo que haces te ayuda a desconectar o a calmarte, significa que debes buscar alternativas.

La terapia te brinda habilidades de afrontamiento para enfrentar los desafíos con mayor tranquilidad.

¿Realmente todos necesitamos ir a terapia?

¿Para quién es la psicoterapia?

Es cierto que, ¿es para todos? ¿Qué todo el mundo puede sacar algo positivo de ella?

¿Realmente todos necesitamos ir a terapia?

En los últimos tiempos, la salud mental es un tema de actualidad. Cada vez estamos más concienciados de su importancia, de cómo cuidarla y de cómo su deterioro puede afectarnos.

Afortunadamente, podemos tener conversaciones cada vez más libres y con información más precisa. Incluso, se ha popularizado la creencia de que, en algún momento, todos necesitamos ir a terapia.

 Pero, ¿es cierto?

La respuesta depende, en gran medida, de la perspectiva.

Hay quienes conciben ir a terapia como acudir al médico; y, por supuesto, no todos sufrimos un trastorno o enfermedad mental.

Sin embargo, al igual que vamos al gimnasio para cuidar el cuerpo y la salud física, también deberíamos atender nuestro bienestar emocional; y, para esto, en muchas ocasiones requerimos acompañamiento y orientación.

La psicoterapia y sus funciones

Tradicionalmente, la psicología clínica y aplicada estaba centrada en diagnosticar y tratar desórdenes psicológicos.

Sin embargo, a partir de los años 60, se amplió la perspectiva y comenzó a hacerse énfasis en la prevención y la promoción de la salud, en las fortalezas individuales y finalmente en la denominada psicología positiva.

De esta forma, el contexto de la terapia deja de ser un espacio dedicado solo a intervenir en trastornos y se postula también como un ambiente de introspección, autoconocimiento y crecimiento personal.

De este modo, ayuda a la persona a florecer en todas sus facetas, a reconocer y potenciar sus herramientas personales y a orientar respecto a situaciones y necesidades que no necesariamente derivan de un diagnóstico.

¿Todos necesitamos ir a terapia?

Por supuesto, el acompañamiento profesional es necesario para quienes sufren un trastorno de personalidad, del estado de ánimo, de ansiedad o de cualquier otra índole.

Esto supone aproximadamente un 25 % de la población total que en algún momento precisará terapia y apoyo para intervenir en sus dificultades.

Pero, ¿qué hay del resto?

Pues bien, desde esta perspectiva más amplia entendemos que la terapia puede ser útil en múltiples situaciones y circunstancias por las que toda persona sana atravesará a lo largo de su vida.

Duelos, despidos y desempleo, dificultades de pareja, problemas sociales y de comunicación, emociones complejas de gestionar…

Ahora bien, la necesidad de apoyo no será igual en todos los casos. Pese a que todos experimentemos situaciones adversas, hay quienes cuentan con mejores recursos y mayor preparación para afrontarlos. Y esto depende de diversos factores:

Personalidad y experiencias tempranas

Por un lado, influyen la crianza y las experiencias tempranas vividas por la persona.

Y es que hay quienes durante su infancia lograron establecer un apego seguro, desarrollar una sana autoestima y adquirir fortalezas como el optimismo o la resiliencia.

Con esta excelente base, adquirida gracias al moldeamiento de sus figuras de referencia, pueden ser capaces de navegar la vida con facilidad (incluso en sus momentos difíciles).

A pesar de esto, nadie es perfecto, y es posible que surjan momentos que sobrepasen a la persona o en los que necesite apoyo y orientación adicional.

Trabajo personal

Por otro lado, hay quienes, pese a no haber tenido las mejores condiciones en sus primeros años, sí cuentan con algunas características que les han permitido hacer un importante trabajo personal.

Hablamos de personas con una gran capacidad de introspección y reflexión, que han sabido cuestionarse, analizar sus carencias y áreas de mejora y trabajar en ellas.

Con esta disposición, resultará más sencillo para ellas realizar los ajustes, cambios y mejoras necesarios en determinados momentos, ya que serán personas conscientes y abiertas a adquirir nuevos recursos.

No obstante, no siempre podemos con todo solos, ni tenemos por qué hacerlo.

En muchas ocasiones, necesitamos de una mirada externa, objetiva y rigurosa que pueda orientarnos e iluminar esas áreas oscuras que tal vez no logramos ver a solas.

Por ello, aunque estés comprometido con tu crecimiento personal, ser acompañado en este camino puede facilitarte enormemente la tarea, agilizarla y optimizarla.

Necesidad de orientación

Ahora bien, hay un gran porcentaje de personas (la mayoría) que, sin padecer ningún trastorno, sí enfrentan dificultades, pero no cuentan con la conciencia o los recursos para hacerles frente.

Son personas que, quizá, no pudieron desarrollar una buena inteligencia emocional, un amor propio sólido o unas buenas estrategias de afrontamiento.

Así, pueden arrastrar dificultades familiares o laborales, insatisfacción, falta de motivación, inseguridad, malos hábitos u otras carencias que, tal vez, no se hayan planteado que es posible mejorar.

Ir a terapia les puede ayudar a analizar sus dificultades, a conocerse, a comprenderse, a potenciar los recursos que ya poseen, pero no emplean y a adquirir otros nuevos y necesarios.

Un proceso que, pese a parecer banal, puede mejorar sustancialmente la calidad de vida y, por tanto, no debería considerarse un capricho sino un derecho legítimo.

No todos necesitamos ir a terapia, pero a todos puede beneficiarnos

En definitiva, y volviendo al símil con el cuerpo físico, no siempre necesitamos ir al médico, pero hay momentos y circunstancias que así lo requieren, y lo mismo puede suceder con nuestro mundo emocional. Incluso una persona completamente sana y emocionalmente estable puede precisar acompañamiento y orientación en ciertas situaciones.

Igualmente, la salud mental ha de cuidarse activamente cada día, el desarrollo personal habría de ser una de nuestras metas principales, y no siempre podremos llevarlo a cabo en soledad.

La psicología cuenta con un acervo de investigación científica que respalda procedimientos y técnicas que nos ayudan a gestionar las emociones, las relaciones, la conducta y los pensamientos; y no todos tenemos por qué conocerlos, pero sí tenemos la posibilidad de consultar con expertos que nos ayuden en este camino de autoconocimiento y mejora.

En cualquier caso, recuerda que tu bienestar importa, que tus dificultades no han de ser menospreciadas y que es lícito y beneficioso pedir ayuda siempre que necesite.

No todos (y no siempre) necesitamos ir a terapia, pero hacerlo puedo sernos de gran ayuda.

Ir a terapia no significa estar grave

Existe el mito de que solo se va al psicólogo cuando se tiene un problema serio.

Por el contrario, la terapia es un espacio de autoconocimiento y aprendizaje.

Puedes ir porque quieres mejorar tu autoestima, estás atravesando un gran cambio, quieres entender mejor tus reacciones o mejorar tus relaciones.

No hace falta tocar fondo para pedir apoyo.

Hacerlo a tiempo evita que el bache se convierta en un pozo profundo.

Si vas a terapia, enhorabuena.

Las personas que deciden empezar un proceso terapéutico tienen dos grandes ventajas sobre el resto de los mortales.

La primera: han dejado de huir.

Han decidido sentarse frente a lo que duele, a lo que pesa, a lo que confunde. Y eso, aunque no lo parezca, ya es un movimiento profundo.

La segunda: empiezan a entender que el cambio no siempre ocurre a base de fuerza de voluntad.

A veces ocurre cuando aprendemos a escuchar de otra manera.

En la Psicoterapia trabajamos así.

No se trata de darte instrucciones rígidas.
No se trata de decirte “piensa positivo”.
No se trata de analizar cada detalle hasta el agotamiento.

Se trata de algo más sutil.

De descubrir que dentro de ti ya existen recursos que quizá no estás viendo.

Que tu mente inconsciente es una aliada.

Que los síntomas muchas veces son intentos —torpes, sí— de protegerte.

Milton H. Erickson entendía algo fundamental: cada persona es única, y por tanto cada terapia también debe serlo.

Por eso trabajamos con metáforas, historias, preguntas que abren puertas en lugar de cerrarlas.

Por eso a veces el cambio ocurre sin que tengas que “forzarlo”.

Por eso muchas transformaciones empiezan cuando dejas de luchar contigo.

En este enfoque encontrarás dos tipos de recursos muy útiles:

  1. Lo práctico: herramientas concretas para gestionar ansiedad, bloqueos, miedos o decisiones.
  2. Lo que explica por qué lo práctico funciona: para que comprendas tu proceso y recuperes la sensación de control.

No necesitas llevar gafas de colores.

No necesitas entenderlo todo desde el primer día.

Solo necesitas algo mucho más sencillo —y mucho más valiente—: estar dispuesto a mirarte con curiosidad en lugar de con juicio.

Y si estás escuchando esto, quizá ya has empezado.

P.D. A veces no notarás grandes fuegos artificiales ni revelaciones espectaculares.

En la Psicoterapia Ericksoniana el cambio suele empezar de forma discreta: una reacción diferente, una decisión más tranquila, un pensamiento que ya no pesa tanto. 

Y un día te das cuenta de algo curioso: aquello que antes parecía imposible… ahora simplemente es distinto.

Me gusta esta frase de Herman Hesse que para mí describe la función de un psicólogo

“Nada te puedo dar que no exista ya en tu interior.

No te puedo proponer ninguna imagen que no sea tuya…

sólo te estoy ayudando a hacer visible tu propio universo.”

Las diez reglas básicas del psicólogo

Estudia. Cada día se publican novedosos estudios, nuevas técnicas a emplear y nuevos recursos que ofrecer. No dejes nunca de formarte.

Se honesto. Valora si eres capaz de ayudar a tu paciente con su problema, en caso contrario deberás facilitarle tu ayuda derivándolo a otro profesional que pueda ofrecerle el tratamiento que merece.

Se objetivo. No transmitas tu opinión ni impongas tus criterios o tu forma de ver la vida. Utiliza los métodos psicológicos necesarios para que sean tus pacientes los que tomen sus propias decisiones.

No fuerces. Orienta a tus pacientes, enséñales los posibles caminos o vías de resolución de sus conflictos, y permíteles que sean ellos los que en ese caminar, y permaneciendo tú a su lado, consigan sus objetivos.

Respeta el secreto profesional. Guarda y protege su intimidad, pues depositan la confianza en ti de sus secretos más íntimos y en ocasiones dolorosos.

Trabaja. Estudia cada caso con la intensidad que sea necesaria, revisa sus retrocesos y sus avances, mantén un seguimiento exhaustivo del caso.

No juzgues. Jamás generes un juicio de valor sobre aquello que te confiesen o sobre su propia persona. Como psicólogo tienes recursos más que necesarios para poder comprender y no tener que juzgar.

Respeta. Respeta si tus pacientes deciden no hacer algo de lo que se les recomienda en terapia, averigua qué les frena y reevalúa la situación pues tu objetivo es su mejora.

Ten paciencia. No siempre todo va tan rápido o por el camino que nos gustaría, debemos ser pacientes pues el ritmo de cada terapia es único.

Ama tu profesión. Trabaja para ayudar a mejorar la calidad de vida de tus pacientes, ofréceles nuevos recursos y ayúdales a desarrollar nuevas habilidades para que aumenten su bienestar.

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