La susceptibilidad:
el reflejo de la inseguridad psicológica
Diferencia con «persona sensible»
Aunque a menudo se usan como sinónimos, son conceptos distintos.
La sensibilidad es la capacidad de percibir y sentir profundamente lo que ocurre en el entorno (empatía).
La susceptibilidad, en cambio, es la reacción defensiva y el malestar que se produce al sentirse herido o vulnerado por interacciones externas
Después ampliaremos más las diferencias.
Detrás de la persona susceptible hay un «yo» frágil al que todo le duele, le molesta y la frustra.
Tras ese sentimiento se esconde también la inseguridad psicológica y una mala gestión emocional.
La susceptibilidad no es una herida, es un síntoma.
La persona que reacciona de manera negativa o sobredimensionada ante las cosas no solo es hipersensible, no solo evidencia ciertos problemas en la gestión emocional.
Tras ella también está la inseguridad de quien no se quiere bien, de esa figura que no confía en sus competencias y habilidades y acaba respondiendo ante el mundo de manera adversa.
Todos somos conscientes de que la vida con estos hombres y mujeres resulta compleja.
Sin embargo, antes de quedarnos solo con el desconcierto y la constante dificultad a la hora de dirigirnos a ellos, es conveniente comprenderlos.
Más aún, todos nosotros podemos en un momento dado derivar en este comportamiento reactivo, porque basta con pasar por una mala experiencia o una época de estrés para actuar del mismo modo.
Detrás de quien vive enfadado con el mundo y se ofende con excesiva facilidad, hay un yo de cristal que debe ser reparado.
Entender esta realidad nos puede ayudar no solo a lidiar mejor con estas personalidades, también a entendernos un poco mejor.
Lo analizamos.
¿Qué hay detrás de la susceptibilidad?
El mundo de la psicología lleva tiempo estudiando el aspecto de la susceptibilidad.
Como bien señalábamos al, más que una dimensión propia es un síntoma de una realidad más profunda.
No obstante, en nuestro trato diario con las personas nos quedamos solo con el comportamiento de quien se ofende con nada y se enfada con todo, diciéndonos aquello de “¡Pero qué susceptible es!”.
Sin embargo, trabajos como los realizados en la Universidad de Psicología, Ruhr-University Bochum, en Alemania nos señalan algo importante.
Todos estamos bajo la influencia de nuestro entorno; sin embargo, no todos lo somos de la misma forma.
Estas últimas evidenciarían con ese rasgo una mayor tendencia a sufrir determinados trastornos psicológicos.
Esa reactividad se puede deber a factores genéticos.
Puede darse el hecho de que el cerebro sufra una alteración en la producción de serotonina con lo que hay una tendencia mayor al desánimo y a estar siempre en estado de alerta y a la defensiva.
Es decir, no podemos descartar un factor biológico; sin embargo, por término medio, la susceptibilidad responde a un déficit en la gestión emocional y en las habilidades psicológicas.
La inseguridad personal y la actitud defensiva
La inseguridad personal es una reacción emocional ante una autopercepción negativa.
Es decir, esta sensación se instala en las personas cuando no confían en sus competencias para manejarse en el mundo, cuando se sienten en desventaja o no se aprecian a sí mismas de manera adecuada.
Esa combinación entre la baja autoestima y la sensación de falibilidad sitúa su enfoque en la necesidad de protegerse y, de ahí, su actitud defensiva.
A la mínima, se sienten dañados, ofendidos y hasta amenazados por las conductas ajenas. Es como si todo “fuera con ellos”.
Asimismo, la persona definida por la susceptibilidad tampoco confía en los demás.
Esa inseguridad crónica que les acompaña de manera casi constante provoca que tengan la idea de que los demás los van a defraudar en el momento menos pensado.
La hipótesis de la susceptibilidad
¿Por qué hay quien evidencia una mayor susceptibilidad y otros en cambio carecen de esta dimensión?
Además de la inseguridad y la baja autoestima antes citada, existe otra interesante teoría que vale la pena considerar.
La hipótesis de la susceptibilidad diferencial nos habla de cómo algunas personas, debido a sus características biológicas, temperamentales o conductuales son más sensibles al estrés.
Estudios, como los realizados en la Universidad Birkbeck de Londres, destacan que algunas personas son más susceptibles a las variables estresantes del ambiente.
Son esas figuras que se preocupan por nada, que sobredimensionan cualquier situación y que se sienten superados casi cualquier cosa.
Esa susceptibilidad genera un elevado sufrimiento y tendría un desencadenante biológico en ciertos casos.
Las experiencias traumáticas no superadas
Insistimos una vez más en un hecho, la susceptibilidad es en buena parte de los casos el síntoma de alguna realidad psicológica no atendida.
Por ello, señalábamos al inicio que aunque este tipo de reacciones o conductas nos resulten molestas y problemáticas, todos las podemos padecer en algún momento dado.
Cuando atravesamos por un momento complicado, doloroso y hasta traumático es común sentirse susceptible.
La susceptibilidad es la herida que duele cuando se roza.
Es la reacción de quien se siente atrapado por el sufrimiento, la incomprensión y la soledad.
Supone a veces reaccionar de manera negativa a los demás cuando, por ejemplo, nos sentimos mal con nosotros mismos.
Son realidades no afrontadas y no gestionadas que se encapsulan y que duelen ante el más mínimo roce, ante cualquier palabra o comportamiento ajeno.
Como podemos imaginar, todos podemos pasar por una tesitura semejante.
Porque esta dimensión puede ser innata o adquirida, la primera hace referencia a la hipótesis de la susceptibilidad antes citada, la que tiene un origen genético.
La segunda surge como reacción a nuestras experiencias complejas, también a una infancia basada en la hiperexigencia o la falta de apego.
¿Cómo podemos tratar nuestra susceptibilidad?
Casi siempre nos preocupamos por cómo tratar a las personas susceptibles. Ahora bien…
¿y si llevamos una época experimentando esta misma sensación, la de sentirnos molestos u ofendidos con casi todo?
En este caso, podemos abordarlo del siguiente modo:
Conocer el origen de esa sensación y afrontarlo.
Trabajar nuestra autoestima.
Aprender técnicas de gestión emocional.
Trabajar nuestra autoaceptación y seguridad personal.
Mejorar el diálogo interno y la autocrítica.
Por término medio, la susceptibilidad es un rasgo que solemos arrastrar desde la infancia.
´La diferencia entre susceptible y P.A.S. (Personas Altamente Sensibles)
Las P.A.S. (Personas Altamente Sensibles) son individuos con un sistema nervioso que procesa la información sensorial de manera más profunda.
En contraste, la susceptibilidad se refiere a una vulnerabilidad general o una tendencia reactiva ante circunstancias específicas, como críticas o factores de riesgo.
Las diferencias clave incluyen:
Naturaleza del rasgo: Ser P.A.S. es un rasgo de personalidad innato y genético.
La susceptibilidad suele ser un estado o una reacción emocional, a menudo vinculada a inseguridades, baja autoestima o vivencias del pasado.
Receptividad frente a Reactividad:
La sensibilidad de una persona altamente sensible P.A.S. permite una conexión empática profunda con el entorno y la intuición, lo que a menudo lleva a la prudencia.
La susceptibilidad tiende a hacer a la persona más reactiva, pudiendo interpretar situaciones neutrales como ataques personales.
Susceptibilidad diferencial:
Las P.A.S. tienen esta predisposición, lo que significa que se ven afectadas profundamente por el entorno tanto «para bien como para mal».
En un ambiente positivo, florecen y se sienten seguras, mientras que la susceptibilidad generalizada siempre genera vulnerabilidad.
Las Personas Altamente Sensibles (PAS) poseen un sistema nervioso que procesa la información del entorno con mayor profundidad.
Este rasgo no es un trastorno, sino un auténtico don que les otorga habilidades únicas, como una profunda empatía, alta intuición y una rica vida interior.
Los cinco dones principales que caracterizan a las personas altamente sensibles son:
Gran empatía: Tienen la capacidad de percibir y sentir las emociones, el estado de ánimo o el malestar de quienes les rodean como si fueran propios.
Esto les permite conectar de manera muy profunda y auténtica con otras personas y animales.
Inteligencia intuitiva: Su cerebro procesa una mayor cantidad de detalles y sutilezas del ambiente (tanto verbales como no verbales) que pasan desapercibidos para los demás.
Esto les otorga un alto grado de intuición, permitiéndoles anticiparse a situaciones y tomar decisiones muy acertadas.
Profundidad emocional: Experimentan las emociones, tanto positivas como negativas, con muchísima intensidad.
Esto les permite vivir los acontecimientos de la vida desde el corazón, valorando profundamente los pequeños detalles y la belleza de su entorno.
Procesamiento reflexivo: Antes de actuar, analizan y reflexionan profundamente sobre las situaciones y la información recibida.
Su mente busca el significado de las cosas y son excelentes conectando ideas, lo que suele derivar en una gran creatividad y capacidad resolutiva.
Alta sensibilidad sensorial y artística: Son más receptivos a los estímulos externos.
Esto no solo se aplica a la sobrecarga por ruidos o luces fuertes, sino también a la capacidad de conmoverse profundamente ante el arte, la música, la escritura o la naturaleza
¿Cómo podemos relacionarnos con las personas susceptibles?
Si algo nos caracteriza como especie, eso es la diversidad. Los seres humanos somos capaces de adoptar muchas maneras de vivir la vida, y por eso tenemos diferentes personalidades, actitudes y maneras de percibir la vida y las relaciones personales.
Ahora bien, nuestra diversidad hace que en algunos casos, nos encontremos con personas con una característica personal muy extrema, bastante más desarrollada que la media.
Cuando esta característica tiene que ver con actitudes hostiles o la facilidad para generar conflictos, puede llegar a ser un reto tratar con esos individuos.
Las personas susceptibles son una realidad que es mejor saber gestionar en nuestras relaciones personales, sin que por ello tengamos por qué hacernos amigos de ellas.
Prácticamente ninguna conversación está predestinada a terminar en discusiones y enfados, por mucha predisposición al conflicto que haya.
1. No ridiculices
A veces, la susceptibilidad de quien habla con nosotros puede parecernos una broma. Sin embargo, para ellas el motivo de su enfado es muy real, no hacen comedia.
El primer paso es aceptar que se han ofendido de verdad, aunque eso no significa que le demos mucha importancia a la situación si vemos que es lo suficientemente poco grave como para limitarnos a no alimentar ese enfrentamiento.
2. Discúlpate solo cuando tengas motivos
Disculparse por el simple hecho de que alguien se ha tomado mal un comentario o acción no es lo recomendable, al menos en todos los casos.
Solo hay que hacerlo si realmente ha habido un malentendido razonable, es decir, uno en el que creas que gran parte del resto de personas habría podido caer en ese contexto.
Puede parecer que al negarte a pedir perdón ante la persona susceptible estés generando conflicto, pero no tiene por qué darse el caso.
En muchas ocasiones, disculparte solo alimentará el relato de que ha habido una ofensa, y no un malentendido, y eso puede llegar a viciar más la conversación, anclándola en la hostilidad.
3. Si vas a criticar, adopta una perspectiva impersonal y constructiva
Cuando quieras hacer críticas a algo que ha hecho una persona especialmente susceptible, hazlo refiriéndote a la perspectiva de una persona ficticia, que no conozca a ninguno de los involucrados, y siempre poniendo énfasis en lo que se puede mejorar, y no en lo que está mal.
4. Usa un lenguaje no verbal no hostil
Tus posturas y gestos deberían denotar confianza y aceptación, y no hostilidad o una actitud a la defensiva.
Evita adoptar posturas encorvadas o mantener los brazos cruzados o cubriendo buena parte de tu zona frontal en general, y muestra que el contexto no se merece ver a un enemigo en la otra persona.
5. Mantén una actitud educada, pero no te obsesiones
Tener miedo a ofender a la otra persona no tiene sentido, porque eso en todo caso solo genera un ambiente enrarecido al que las personas susceptibles tienden a ser sensibles.
Simplemente, asume que no tienes por qué intentar controlar plenamente la situación, y mantén unas normas básicas de educación.
No dudemos en solicitar ayuda psicológica si esta sensación, si este sentimiento de susceptibilidad obstaculiza nuestro bienestar y la relación con nuestro entorno.
